Gaceta de Literatura IBERO Puebla

Gaceta de Literatura IBERO crónica • ensayo • cuento • poesía • fragmento • écfrasis • reseña • fotografía • ilustración • marginalia AÑO/NÚMERO 01/02 Cementery. Michel Novotny. archivo personal del autor.

Mario Ernesto Patrón Sánchez / Rector · Lilia María Vélez Iglesias /Directora General Académica · Ana Lidya Flores Marín / Directora del Departamento de Humanidades · Sebastián Pineda Buitrago / Coordinador de la Maestría en Literatura Aplicada · Diana Jaramillo / Coordinadora de Literatura y Filosofía · Tatiana Vázquez Niconoff / Jefa del Laboratorio Editorial Coordinación, edición y diseño: Bibiana Ramírez Betancur · Daniel Wence Partida · Daniela Rico Straffon · Gerardo Álvarez Palau · María del Consuelo Ávila Vaugier · Mauricio Builes Gil Los textos de esta gaceta son responsabilidad de los autores. Las opiniones no necesariamente reflejan la postura de los editores de la publicación. Se editaron e imprimieron 100 ejemplares en el Laboratorio Editorial de la IBERO Puebla. Michael Novotny es un fotógrafo nacido en Praga y aficionado a los paisajes del Ártico. Con un estilo de vida nómada, ha visitado más de 40 países en los últimos años. Utiliza sólo técnicas análogas para capturar la crudeza de los paisajes. Su trabajo busca generar narrativas socioambientales que señalen el contraste entre la forma de vida en las megaciudades y en las comunidades remotas que retrata. Fog village. Michael Novotny. archivo personal del autor. Convocatoria permanente. Envía tus participaciones literarias o artísticas a: gaceta.literaria@gmail.com El cuento resulta una especie camaleónica no tanto por su extensión que puede alcanzar la de la frase hasta la de la novela corta; tampoco porque atrapa con su lengua rápida a sus lectores/presas; ni porque es capaz de adoptar un sinnúmero de formas y temas; bueno, ni siquiera porque cambia de color según el estado de ánimo del relato; o por su milenaria edad. El cuento es camaleónico por su visión estereoscópica capaz de crear una imagen compuesta y singular del mundo. El cuento es una especie camaleónica, muy distinta y muy parecida a una especie insaciable y omnívora como la novela; pero también es una especie prosaica que alcanza alturas poéticas. El cuento camaleónico es hasta que muta. Cuenta con camuflaje José Sánchez Carbó jose.sanchez.carbo@iberopuebla.mx Barrio Monasteraki, Atenas. José Luis Camacho.

4 Apunte de arbol. George Vivian. 5 Ameyalli Avendaño Coronel ameyalli.avendano@iberopuebla.mx Hace un año tiraron un árbol detrás de mi casa. Había estado allí suficiente tiempo como para que yo pudiera saber algo sobre su origen. Su identidad la delataron sus largas ramas santas y un llanto cuyo sentimiento hacía vibrar mis huesos cada que el viento del otoño se aproximaba. Era un pirul que, desde mi perspectiva, venía de la Tlaxcala colonial. Un desliz de ternura fresca. Viven en mí los recuerdos del sonido de sus hojas fantasma revoloteando con el aire; la comezón que provocaba su ramaje rasposo arañándome la piel, y su figura fractal multiplicándose al acercármele con la mirada. Testigo del tiempo, espectador de la modernidad y tierno voyerista. Muerto en medio de un luto sin nombre, con gentes caminando su sepulcro. Durante mucho tiempo tuve miedo de perder su memoria. Tal vez es sólo la ansiedad del futuro la que me mantiene atenta a la remembranza de lo que ya no está. Llevo tres años sin escribir en mi diario. Empiezo a olvidar. Mi preocupación es sólo momentánea, me alivia dejar testimonios sueltos, saber que puedo volver de alguna manera, aunque no tenga la intención de hacerlo. Lo perdido duele. Con todo y la filosofía amorosa de la otredad, abrazada a lo vital y a la intensidad; el peso de la ausencia me lo pienso dos veces. En mi forma de olvidar está la experiencia del abismo que me arrebata las palabras, además de un poco de fastidio. Lo olvidado también duele, pero duele menos, desde un lugar desconocido: el hogar del hubiera y del quizás ¿Para qué recordar lo ausente si no es para que nos lleve —definitivamente— a punta de suspiros? La pérdida de este árbol que me miraba desde la ventana de mi cuarto representa la búsqueda de todos los gobiernos que, obsesionados con la modernidad, se aventuran entre la «maleza» que es el Centro Histórico de Tlaxcala con el fin de encontrar la Ciudad. Su ausencia nos nombró Centro y Capital Cultural. Pero las C y H mayúsculas no le sirven de barrera al agua, que en su anarquismo reta cualquier intento estatal de civilización, recordando su camino. Pavimentado y sin árboles se sigue inundando en verano. ¿Debería yo seguir el consejo del agua urbana y recuperar violentamente los caminos que le pertenecen a mi memoria? De árboles ausentes

6 I. Se mueven sus hojas como el pensamiento inflamado. Respira, hacia adentro, desde esos pulmones que el viento deja inasibles. La vorágine de calles me había orillado a terminar aquí, viéndolo. Altivo, y yo en el suelo. Una de las llantas, chueca por la violencia del coche había perdido su geometría original; tirada y derrotada como si un paroxismo le hubiese torturado el cuerpo hasta dejarla desfigurada: como si a mitad del ataque se hubiera rendido. Mis manos todavía aferran la silueta desaparecida del manubrio. Están perplejas. Tengo entre mis manos el fantasma del regreso a casa. El conductor se acerca y me mira desesperanzado en el suelo—tal vez mira un charco de sangre o la bicicleta parapléjica como testimonio de su velocidad. También, a través de sus ojos fríos, veo mi muerte inminente. Pero el árbol sigue respirando. II. Se subió al escenario con la guitarra. Tenía en una mano la madera de su acústica y en la otra una botella de agua. Estaba nervioso. Sudaba. El corazón, probablemente, le latía muy rápido. Para evitarlo empezó a afinar la ya previamente afinada guitarra. Ajustó el micrófono. Le dio golpecitos en la cabeza para confirmar que el sonido saliera de él. Tomó un sorbo de agua. No sé por qué estaba yo ahí escuchándolo cantar, como animal exiliado, sus sollozos lamentables: su difuminada voz que salía de un diafragma de niño pidiendo ayuda, buscando a mamá. Sus dedos en la guitarra eran como estatuas de mármol, inflexibles y atrofiados: como si estuvieran rotos. Yo dejé de tocar la guitarra hace años. Mi papá la había tirado a la calle justo cuando el camión de la basura pasaba a toda velocidad sobre el pavimento ya unido con las cuerdas de la guitarra: y el brazo (después tatuado), y el traste (siempre limpio por disciplina militar) y el mástil como de barco perdido en la neblina de los mares. El guitarrista acabó. Se levantó. Vio con tristeza el escenario y dejó la guitarra tendida sobre el piso. Se sacudió las lágrimas con el torso de la mano y me miró. Yo era el guitarrista del escenario. Emiliano Gael Ortiz Jiménez emiliano.ortiz@iberopuebla.mx Miradas 7 La lluvia está en la puerta baja la mejilla es una nube que llovió demasiado y se rasgó el vientre con dos montañas agua que baja la vista y se encharca en la entrada de la casa. La lluvia está en la puerta es un lagarto inconsolable con el pecho al ras del suelo y las garras en las ventanas. La lluvia está en la puerta baja la mejilla para ver quiénes habitan la casa no hay nadie más tarde no lloverá. Tiene fin el orgullo de las nubes animales de pecho inflamado que soplan la piedra la lluvia morirá en la boca del león pero no fue así. La lluvia está en la casa y toca en su trompeta una canción pluvial. La l l u v i a e s t á e n l a p u e r t a Francisco González Jassí josue.gonzalez@iberopuebla.mx detalle de «The Pic-nic». sin autor.

8 Entré en aquel pequeño restaurante. Tenía la sensación de que el cliché de una sopa caliente me consolaría. Llevaba días experimentando una tristeza profunda, totalmente desvitalizante. En ese momento solo había dos sensaciones que alcanzaba a percibir: el calor de inicio de primavera y la tristeza, que era más una experiencia de sentirme perdida y quebrada. Hice mi pedido y me senté a esperar la sopa reconfortante. No había más interés en mí que mirar el piso en un ángulo de 45 grados. Me senté y clavé la mirada en esa dirección. Repentinamente el piso se levantó. Una línea de aproximadamente cinco metros se había agrietado y, en una sutil pero súbita explosión, el piso que miraba se había levantado. —¡Rompí el piso con mi tristeza!— pensaba yo, mientras volteaba a mi alrededor para confirmar si tenía algún testigo, no del piso roto, sino de la intensidad de mi tristeza. ¿Alguien que estuviera ahí había podido ver lo perdida y quebrada que estoy? Un policía, y dos personas de mantenimiento se acercaron, y miraron el piso con una combinación de susto e incredulidad… —¡Señores! ¡Una disculpa! ¡He sido yo, yo rompí este piso! resulta que ando rota por dentro, y aunque intento no romper nada del exterior, por un instante no lo pude evitar. Meses atrás, en un absurdo descuido había perdido una brújula que traía conmigo desde que era pequeña. Me gustaría hacer una descripción fantástica de ella, un objeto mágico, pero no. Era una brújula sencilla, simple. No tenía oro o diamantes, no tenía poderes, solo era objeto con su utilidad básica, dar dirección. Para mí eso era suficiente. A veces me incomodaba traerla, después de todo soy una persona que se inclina por el viaje ligero, pero traerla conmigo, la usara o no, me daba una sensación de seguridad y certeza. Esa era su magia, ese era su gran poder. Mi perro Boliche había encontrado mi brújula y en su naturaleza la había masticado, destruyéndola casi por completo y dejándola inservible. Me había enfurecido su torpeza animal, pero Boliche era un perro que amaba profundamente sin saberlo. María del Rosario Briseño mariadelrosario.briseno@iberopuebla.mx La brújula, el perro y el piso roto 9 Había llegado a mí un sábado por la noche. Detesto a quien necesite de mí para sobrevivir, y tener un perro, me hacía sentir molestamente necesitada, sin embargo Boliche se acercó a mi, me olfateó y empezó a juguetear confiadamente conmigo. Su jugueteo me gustó, y cómo me miraba…parecía que alcanzaba a verme profundamente, como si fuera capaz de abrir una puerta que yo había cerrado con llave. Los primeros días que Boliche estuvo en casa me sentí muy nerviosa. Mi casa era un espacio muy apacible, cómodo y limpio. Y los movimientos de Boliche me provocaban una sensación de vértigo y angustia. Decidí mandarlo a vivir al pequeño y desolado patio trasero, pero a cambio no jugaba con él ni me hipnotizaba con su mirada invasiva. Así que lo metí de nuevo a casa. Un día me tendí en la cama para leer, y el corrió a acostarse junto a mí, se enrolló y se pegó a mi cuerpo. Era tan incómodo, él siempre tan necesitado, tan invasivo de mi espacio, de mi temperatura, de mis movimientos, muchas veces le dije que se bajara pero él se quedó, se acomodó a mí antes que yo a él. O mejor dicho, me tomó más tiempo a mí que a él descubrir lo cómoda que era su presencia y compañía. En contra de mis principios, empecé a llevar a Boliche a todas partes, ahora mis caminatas por el parque eran guiadas por él, empecé a visitar constantemente el mismo restaurante donde había platos para perros, y llegar a mi casa a encontrarlo con su mirada invasiva y su jugueteo. Después de que masticó mi brújula, me enojé tanto que en un descuido dejé la puerta abierta. Y Boliche se salió. Durante 15 días esperé su regreso. No sucedió. Me quedé sin brújula y sin perro, con la sensación de estar perdida y quebrada. De nuevo en mi espacio apacible, cómodo y limpio. Por ahora, solo me queda romper pisos con mi tristeza, y que algo bajo las grietas pronto pueda sorprenderme. Artefacto poético. Paola Martínez Núñez.

10 Con tambores de hojas carismática menta aromatizaba el sol en manzana sus cuevas y valles celestes cielo de la cornucopia azul gemido azulado que hasta praderas de hado viaja. ¡Canta arcaica, alegría en cestos, recogida en cetros, lagunas, y altares de amor! Ciudades pueblan los bosques bordeando en su luz almíbar la alteza de mi esperanza bajo el yugo de sombras porque sola en su patio sirven Hado de mi corazón José Pablo Contreras Ramírez josepablo.contreras@iberopuebla.mx vereda carruaje de estrellas pinto azul las manzanas y en macetas las fresas dialogan burros y vacas azul de girasoles. Croan látigos que guardo en mariposas ríos y epidemias hasta volver a encontrarte. las ranas, las nubes con jarras provenientes donde aquellos durazneros eran agua de arcoíris bajo corazones tímidos en su piel durazno. Aquella corona africana entrelazada cama abrazadera floreal arrastra polen, lujuria y manceba en sus bailes brincando las telas cosechas en el único gesto del alma de noche. Con una cama y un gesto brincaré a tus labios miel de las montañas donde el lechero cabrito anunció en su cuna a la Luna madre e hija de Eros albo río en cubetas, recipiente tras gemidos, Santísima Trinidad de Tobago. Que en su única aparición princesa como misterio llama en mí, prisionera no te veo pues la Luna ha cegado y ahora en troncos bajo, solo, 11 Laguna de Alchichica, Tepeyahualco, Puebla. Bibiana Ramírez Es un espectáculo chocante ver cómo unos Estados fuertemente armados y en posesión de todos los medios de poder, resultan al mismo tiempo sumamente susceptibles. Aquellos Estados y paraestados armados hasta los dientes intuyen, según Ernst Jünger, que los hombres libres son poderosos, aunque constituyen únicamente una minoría pequeñísima. En realidad, las grandes masas conectadas simultáneamente a una misma red social no son tan transparentes como la superficie lisa de la pantalla. No. En el seno gris del rebaño se esconden lobos: personas que continúan sabiendo lo que es la libertad. Y esos lobos no son sólo fuertes en sí mismos; también existe el peligro de que un mal día contagien sus atributos a la masa de modo que el rebaño se convierta en horda. Tal es la pesadilla que no deja dormir tranquilos a los que tienen el poder. Preguntémonos qué pensaría Jünger de la pandemia de 2020, del confinamiento, de la Guerra en Ucrania, del despojo de México, cuyas fronteras arden. Acaso diría que el coronavirus se asemeja a la minoría en tanto que causa un efecto enorme, imposible de calcular, e impregna la totalidad del Estado. Para averiguar dónde se hallan los puntos en que ataca ese virus, para observarlos y vigilarlos, son necesarios grandes contingentes de policías y antenas. A medida que va creciendo la adhesión de las masas, también crece la desconfianza con respecto a ellas. Es preciso vigilarnos a todos. Nada es gratuito. Ni siquiera «quedarse en casa», pues hay que pagar la comodidad de que los tubos traigan agua, electricidad, gas, video y música. Si no nos percatamos de nuestra situación de animal doméstico, según Jünger, arrastraremos también la situación de animal de matadero: el de representar el papel de policía de sí mismo cuando coopera con su propia aniquilación. El seno gris del rebaño Sebastián Pineda Buitrago sebastian.pineda@iberopuebla.mx «Todo está dicho, pero como nadie escucha, hay que repetirlo» André Gide

12 Primer concurso de calaveritas literarias Ibero 2022 Nadie imaginaba que en Palacio Nacional la Huesuda emprendería un paseo matinal, sólo se le ve de noche cuando todos duermen pero Andrés no despierta, aunque su puerta quemen. La Parca se inclinó y saludó al presidente, y el viejito de Palacio replicó con buen semblante. —Me conoces bien de sobra, oh, querido Andrés, yo en tus mañaneras despierto el interés. —No sé de qué me hablas —contestó el macuspano, y esquivó provocaciones con otros datos en la mano. La Muerte, empecinada, lo tomó por el gallito y el pobre presidente gritó peor que Alito. —Conmigo no se juega —advirtió la Encapuchada— que por ti vendré muy pronto aunque esté la Fuerza Armada. —¡¿Dónde estás, mi buen Jesús?! —exclamó el morenista, y llegó Ramírez Cuevas a concluir con la entrevista. La parca a la IBERO Puebla llegó, con su credencial de egresada la puerta abrió, directo a la caja, un monitor la acompañó, y tomar un turno se le indicó. Toda la Tesorería como gelatina tembló, la Catrina no falló, y su turno con calma esperó, dicen que la huesuda el frío no soportó. Y un cafecito la consoló, sin embargo, la Catrina sentenció, —A pesar del buen servicio —dijo sin titubear— las almas de Tesorería me tengo que llevar. La Flaca contenta estaba, por la Ibero ella pasaba. «Voy a pasar», ella pensó, «unas cuantas almas me llevo hoy». Calaverita a Tesorería IBERO Puebla Segundo lugar Calaverita a SMB Tercer lugar Calaverita a Yasabesquién Primer lugar Roberto Pichardo Ramírez Ángel Mantilla Vásquez Esmeralda Hernández Alfaro 13 Caminando por los pasillos llegó a un lugar muy concurrido cuando la vista ella levantó Servicio Médico leyó. Un doctor me llevaré o una enfermera, también puede ser voy a pasar, me sentaré mientras decido con quien cargaré. La muerte sentada estaba en el Servicio Médico esperaba a alguien se quería llevar ¿quién se irá a petatear? Pobre Calaca, que no contaba que los INTERSUJ ya casi comenzaban y muchos pacientes había que atender pobre Flaquita no sabe qué hacer. Los doctores entrando y saliendo a los pacientes iban atendiendo las enfermeras ya no podían seguimientos COVID miles tenían. La Parquita se levantó a la enfermera le comentó: —Señorita, quiero pasar alguien los tenis va a colgar. —Espere su turno —le contestó— un mal día usted escogió de morirse no hay tiempo hoy. Es lunes, ¿no lo notó? Esa Huesuda se retorció nada más del coraje que le dio nuevamente su silla tomó mientras, le dieron un paracetamol. Dieron las cuatro, y los doctores tenían consultas y reuniones las enfermeras en curaciones atendían muchos raspones. Las ocho dieron, ay, pobre Parca ya le dio dolor de panza le tomaron su presión la enfermera de pronto gritó: — Un suero hay que ponerle porque, si no, chupa faros la muerte. Los doctores pronto ayudaron a la Calaquita al hospital mandaron. Una hora internada estuvo saliendo arregló un asunto a los del Servicio Médico de su lista borró con tanto trabajo no irán al panteón Trabajando seguirán atendiendo a la comunidad en muchos años ya tendrán tiempo suficiente para descansar.

14 Un golpe de incertidumbre tocó la puerta de cada uno de los departamentos Malintzin 37. De un día para otro, los niños dejaron de ir a la escuela. Las salidas al mercado quedaron fulminantemente prohibidas. Los adolescentes tuvieron que regresar al último espacio que deseaban habitar. Las familias fueron obligadas a interactuar las veinticuatro horas de día y la gente sola se enfrentó a una nueva clase de soledad. Las paredes rojas y blancas del edificio se convirtieron en pequeños universos que contuvieron cada uno de los minutos transcurridos durante ese periodo de tiempo congelado. A puertas cerradas, las pantallas se convirtieron en ventanas al mundo, esperanza de contacto cuando el cuerpo humano representaba una amenaza mundial. Pero en los momentos en los que esos portales no eran suficientes para desfogar las ganas de vincularse con los otros—cuando los inquilinos decidían que era necesario salir de su encierro y abrían las ventanas— sus gritos, sus risas, sus discusiones, el aroma de sus guisos, sus canciones en un loop infinito, esquizofrénico, transgredían las barreras de sus espacios privados que pedían a gritos convertirse en sitios públicos. Quién sabe cuántos años pasaron los inquilinos en esos mundos en pausa. Hasta que un día el gobierno volvió a darle vida a las manecillas del tiempo, cuando anunció la llegada de las primeras vacunas para proteger a la población del virus. Después del terror y el constante influjo de la muerte en la experiencia cotidiana, el edificio soltó un respiro. Y cuando inhaló de nuevo, la esperanza del retorno a la vida anterior se coló entre sus pulmones. Daniela Rico daniela.rico@iberopuebla.mx Vida trastocada 15 Empezaron los viejos. Para acceder a la inmunización había que adoptar una disciplina estricta, revisar las noticias constantemente para saber cuándo tendrían que enfrentarse a un proceso nunca antes vivido, virtual; una nueva burocracia que ya no demandaba un «buenos días» y un halago a la persona en ventanilla. El trámite había mutado a un proceso impersonal, con símbolos y botones desconocidos. Cuando los viejos no supieron navegar los recorridos virtuales, pidieron ayuda a los jóvenes que se convirtieron en los nuevos funcionarios administrativos del Estado. Después de una impaciente espera, las fechas se aproximaron, y en los balcones se oyeron discusiones sobre los pasos a seguir. ¿Te llegó el mensaje? Estoy enferma. ¿Qué día tenemos que ir? ¿Intentarás ir antes? No puedo el jueves. Jose Luis le hizo así. Se organizaron caravanas. Para muchos, era la primera vez en quién sabe cuánto tiempo que se aventuraban a más de 100 metros de sus pequeños universos. Armada con careta, guantes y cubrebocas, la anciana del 202 salió escoltada por su hijo, deseando que un traje especial blindara cada uno de los poros de su cuerpo. Antes de poner un pie en la calle ya se había asegurado de cumplir con los requisitos: imprimir el formato, llenarlo con tinta azul, llevar identificación oficial, acta de nacimiento, comprobante, todo en cuadruplicado, ya sabía que en ocasiones como esta era preferible prepararse de más, sólo por si las dudas. Al llegar al lugar asignado, no tuvo que hacer fila. Le dieron una silla de ruedas para acelerar literalmente el trámite. El filo de la aguja se le reveló desnudo antes de lo que ella hubiera deseado. Su momento había llegado. Con terror se descubrió el brazo y no le dio tiempo ni de respirar antes de recibir en su cuerpo la sustancia con la que los días de reclusión supuestamente llegarían a su fin. Laguna de Alchichica, Tepeyahualco, Puebla. Bibiana Ramírez.

r e s e ñ a Algunos de los libros más espeluznantes que tuve que leer en mi etapa universitaria tenían que ver con relaciones públicas y estrategia empresarial. Sus diagramados capítulos te dicen, más o menos, que si te portas bien y ayudas tanto a tu empresa como a tu prójimo (llámese empleado, colega o persona viviente que te pueda rodear mientras estás en horario de trabajo) tendrás éxito, fortuna y llegarás a la meta que implica estar realizado. El buen patrón (2021), última película del director español Fernando León de Aranoa, desmonta esos mitos a través de su protagonista Julio Blanco, encarnado por un grandioso Javier Bardem, quien dirige una exitosa fábrica de básculas con la precisión de las personas que siguen al pie de la letra los consejos de los asesores (hoy coaches) de la productividad y el bienestar profesional. El filme desnuda este modelo con ironía y logra hacernos sentir repudio y vergüenza por el empresario, pero también un poquito de compasión. Blanco no es un Citizen Kane de la actualidad, más bien es un pequeño cerdo capitalista que tiene hábitos de gente altamente efectiva y se pregunta si alguien se ha llevado su queso, lo cual le convierte, además, en un personaje de terror. Al terminarla, me dieron ganas de recomendarla a quien me mandó a leer esos libros; me conformo con que la veamos unos cuantos, está en Star +. Por cierto, si alguna vez viste Los lunes al sol (2002), del mismo director y con el mismo actor protagónico, resolverás una ecuación magistral acerca de la vida laboral. Director: Fernando León de Aranoa Idioma: Español Duración: 120 min País: España Año: 2021 El buen patrón Francisco González Quijano francisco.gonzalez.quijano@iberopuebla.mx

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