La 4T bajo la lupa

— 69 — punto de análisis importante para comprender el carácter e impacto social que originan las actuales movilizaciones feministas, “la maternidad constituyó un referente de movilización femenina generalizado y perdurable en América Latina” (Molineux, 2003: 267). La respuesta desde los gobiernos para este ciclo, como es de preverse, no fue de resistencia ante los cambios solicitados: las demandas feministas de la época no generaban cambios nucleares en las construcciones culturales que estaban en pie sobre las mujeres y, por ende, no trastocaban a profundidad las jerarquías y repartos de poder entre los géneros. Después de esas décadas de entre siglos, y reduciendo posibles fricciones, sobrevino un tiempo de mayor pasividad en los pronunciamientos y acciones de este tipo en la región. En efecto, entre los años veinte y mediados de la década de los años sesenta la mayoría de las mujeres en acción política en estos territorios eran partícipes de movimientos sociales y populares que buscaban el cambio social general, pero, aun en los movimientos más contestarios, sin necesariamente contar con una agenda de reivindicaciones específicas para su género. A nivel internacional, de hecho, los movimientos inspirados por el marxismo ortodoxo las leían en la época como “compañeras de revolución”: los militantes consideraban que a la caída de las inequidades distributivas originadas por el capitalismo se resolverían los problemas por las que atravesaban las mujeres (Kennedy y Tilly, 1987).48 Tal lectura a la postre, como bien lo denunciarían los movimientos feministas de segunda ola, significaba la invisibilización de la subordinación que ellas tenían frente a los varones por las representaciones culturales que prevalecían con respecto a lo femenino y que atravesaban a todas las clases sociales —dejando entre otras cosas sin valoración al trabajo de cuidado y reproducción que realizaban las mujeres en los espacios domésticos (Federici, 2018). Podríamos decir entonces que para mediados del siglo XX, con excepción de ciertos foros como el Primer Congreso Feminista Panamericano de 1923, que tenía clara una agenda diferenciadora en términos feministas,49 la acción política de la mayoría de las mujeres latinoamericanas aún se encontraba encuadrada en movimientos y propuestas políticas en las que no sobresalían sus demandas específicas en torno a las mujeres ni sus liderazgos autónomos. De hecho, es de anotar que en muchos casos de América 48 En el caso mexicano son ejemplo de este tipo de experiencias las apuestas de los años treinta realizadas por organizaciones femeninas influenciadas por el marxismo en torno a los derechos de obreras y campesinas. De igual tono puede catalogarse la organización del Frente Único Pro Derechos de la Mujer, que fue organizado al interior del Partido Comunista Mexicano hacia 1935 (Cano, 1996). 49 De acuerdo con el análisis de este foro realizado por Gabriela Cano (1991), es notorio por sus resoluciones la existencia de un verdadero proyecto de acción política feminista: buscaban la igualdad de ellas en la educación, en los salarios y en el trato laboral, exigían un solo tipo de trato moral para hombres y mujeres en asuntos sexuales y se pronunciaron en contra de algunos artículos de la Ley de Relaciones Familiares de 1917 que restringían los derechos de las mujeres en el proceso de divorcio. Sin duda querían atacar las situaciones de desigualdad de las mujeres. En consonancia con su época en todo caso, nos dice Cano, siguieron trasladando los asuntos relacionados con el bienestar en la maternidad y la reproducción en sus reflexiones sobre los horizontes del movimiento.

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