Primer informe del Programa Universitario en Migraciones

3 Primer Informe del Programa Universitario de Migraciones I. Contexto migratorio La migración internacional entre México y Estados Unidos es una realidad histórica y estructural que ha estado presente desde hace varias décadas en la agenda pública local y el quehacer universitario de la IBERO Puebla. Se trata de una realidad y un fenómeno moldeado por factores económicos, sociales, políticos y culturales. Lejos de ser un proceso espontáneo, la movilidad humana (que incluye a las migraciones internas y otros desplazamientos), en esta región ha sido profundamente influida por las asimetrías de poder entre ambos países, así como por las dinámicas del mercado laboral globalizado —que excluyen a los países con economías emergentes— y la necesidad de la acumulación de capital en los países industrializados, entre ellos Estados Unidos. Las y los migrantes mexicanos han cruzado la frontera hacia Estados Unidos, pero también la frontera les ha cruzado, recordando que estados como California, Arizona, Nuevo México y Texas, entre otros territorios, fueron tierras mexicanas y de otros pueblos. La relación con el territorio de diversas generaciones no es totalmente ajena. En las últimas décadas, y especialmente durante las administraciones de Donald Trump (2017-2021, 20242029), las políticas migratorias estadounidenses han adoptado un tono abiertamente restrictivo, hostil y punitivo. Las personas migrantes con alta vulnerabilidad han sido retratadas como amenazas a la seguridad nacional, al empleo y a la identidad cultural estadounidense. Sin embargo, esta narrativa oculta una contradicción fundamental: mientras se criminaliza a las y los migrantes en el discurso público, se les sigue utilizando como mano de obra barata, desprotegida y bajo dinámicas de explotación en sectores clave de la economía como la agricultura, la construcción y los servicios, entre otros. Entonces, urge tener lecturas más críticas de estas políticas migratorias, argumentando que responden principalmente a intereses económicos, geopolíticos y racistas, sobre todo cuando su aplicación varía según las necesidades del mercado laboral. Tal y como lo señala Saskia Sassen (2014), “la expulsión de poblaciones no es un efecto colateral del sistema económico, sino una condición estructural de su funcionamiento”.1 En este sentido, la migración no se combate en abstracto, sino que se selecciona y se jerarquiza: se tolera al migrante rico, “blanqueado” o calificado, y se rechaza en público, con fines políticos, al migrante pobre, racializado y vulnerable. Precisamente, la discriminación tiene varias facetas; una de ellas es la ‘aporofobia’. En palabras de Adela Cortina (2017), es “el miedo al extranjero por ser pobre, no por ser extranjero”, y se entrelaza con otras expresiones como el racismo y la xenofobia, pero se distingue por su énfasis en la condición socioeconómica del sujeto rechazado.2 En el contexto migratorio, esto se traduce en políticas que no solo segregan por nacionalidad o color de piel, sino también por condición socioeconómica. Como advierte Achille Mbembe 1 Sassen, Saskia. (2015). Expulsiones: brutalidad y complejidad en la economía global. Buenos Aires: Katz Editores. 2 Cortina, Adela. (2017). Aporofobia, el rechazo al pobre. Madrid: Paidós.

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