Rúbricas 16

17 Rúbricas XV Humanidades digitales En el mundo de hoy estamos tan obsesionados con la aceleración que le rendimos culto. Cualquier artefacto es mejor cuanto más veloz funcione. Las salas de espera, infiernos actuales, se revisten de múltiples distracciones: revistas, cuadros, adornos y juegos que tejen la quimera de que el tiempo corre más rápido. Leemos con la condición de que sea un texto ágil, de que las páginas se sucedan unas a otras como en una corriente marítima. Compramos un producto si su publicidad nos garantiza que veremos pronto los resultados. Deseamos los cursos exprés, donde es posible aprender un idioma o cursar la preparatoria en apenas unos cuantos meses. Tomamos un medicamento con la ilusión de que al despertarnos nos haya curado de cualquier dolencia. Aceptamos ver una película si no dura más de dos horas o consentimos una cita a condición de no prolongarla. Como si fuéramos gases cuyo espacio se va comprimiendo, los días ya no nos alcanzan, aunque las ocupaciones se multiplican exponencialmente. ¿Hacia dónde nos dirige esta obsesión con la aceleración? La aceleración como paradigma de vida Al realizar una búsqueda en Google y presionar la tecla enter, probablemente reparamos muy pocas veces en la leyenda que indica el número de resultados obtenidos –que alcanzan los millones– junto a la cantidad de tiempo que el buscador tardó en ofrecerlos –fracciones de segundo–. Se trata de un detalle que la mayoría ignora y, sin embargo, ilustra uno de los adagios de la sociedad en la que vivimos: “cuanto más sea y más rápido, mejor”. Las tic, más que ser mediadoras, se han vuelto parte de nuestras vidas, y su eficiencia se valora a partir de la velocidad de producción, transmisión y consumo de información que permitan efectuar. Una lectura sobre los orígenes de la aceleración nos la ofrece el pensador alemán Reinhart Koselleck, para quien es el resultado de la secularización de la idea cristiana del tiempo que se acorta en el Apocalipsis. Este giro se produjo a partir de la intensificación de inventos e innovaciones que en una frenética carrera parecía llevarnos hacia el “progreso”, transmutación de la creencia religiosa de la “salvación” (2003: 61). La diferencia es que, en un caso, la alteración temporal se efectuaría por una mano superior mientras que, en el otro, se convierte en una experiencia histórica. No es que, de hecho, el tiempo se acelere, sino que el hombre lo vivencia de esa forma a partir del ritmo que le imprime con su actividad. La aceleración, entonces, parte de la técnica y la industria en la modernidad para implantarse en los demás ámbitos. Según Koselleck, sin embargo, uno de los riesgos del incremento en el ritmo es la reducción del presente, es decir, la ruptura entre el espacio de la experiencia y el porvenir de la expectativa. Si el pronóstico ligaba el pasado con el futuro, hoy la relación entre ambas dimensiones se complejiza porque el concepto de futuro parece propagarse y llenar todo, aunque su contenido se devele vacío o, en todo caso, plagado de viejos discursos. Tal pareciera que de lo que se trata es de caminar hacia adelante, aunque no se sepa muy bien hacia dónde. El tiempo envejece tan rápido, las transformaciones extraordinarias toman tan poco tiempo que el pasado se nos antoja como algo desconectado y desprovisto de sentido. Anteriormente, a partir de los ideales y pronósticos se fraguaba una cierta confianza en un proyecto que, eventualmente, podría cumplirse o no. La confianza radicaba, además, en las instituciones y organizaciones sociales, estables a menos que situaciones excepcionales las sacudieran. El problema con la aceleración es que hoy ha alcanzado un ritmo tan apresurado que impide la previsión o “arte de la prognosis”, como la denomina Koselleck (2003: 95). Más que estados, imperan los sucesos dispersos y discontinuos. La experiencia histórica anteriormente servía para aplicarse en el momento presente como modelo. Sin embargo, la dinámica actual de la técnica, con sus constantes descubrimientos e innovaciones, clausura esta posibilidad: “La reducción del presente significa la abreviación de los intervalos temporales durante los que podemos confiar en cierta permanencia de nuestras relaciones y

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