Contratiempo
10 11 Por: Violeta Carrasco Jiménez Estudiante de Comunicación Preámbulo de un entierro Sola, apolillada, desvencijada, rota. Espero tu llegada, mi ansiedad quema en cada astilla; estoy tan acostumbrada a tus ausencias que cuando llegas a tocarme, crujo. Me he vuelto vieja, inútil; tengo paño. Un manto blanco me cubre: el del olvido. He perdido mis cualidades, me rompí una pierna y jamás me recuperé del todo, no te molestaste en darme esas atenciones; me arrinconaste y me cubrí de arañas, me volví su nido y su ponzoña me carcomió. Te extraño, veo dormirte desde una esquina, tibio… y yo tan fría. Soy débil, lo has notado, ya no descansas sobre mí tus libros, de vez en vez me arrojas encima alguna chaqueta, lo tomo como un acto despec- tivo, pero la verdad, me encanta; a través de los poros de mis astillas respiro el cuero y tu perfume. A mí se me ha ido el olor a roble y yazco pálida. No me quieres más. Un día de aquellos amanecí, quizá no feliz, pero sí menos triste, co- rriste las cortinas y el sol de invierno abrazó cada centímetro de mis extremidades, se sentía muy bien, ese día incluso te extrañé un poco menos. Cuando regresaste a casa tuviste el mayor descaro: tu última compra, un gigantesco espejo –bellísimo- me fue situado enfrente. Me vi bajo el resplandor de ese sol invernal, las partículas de polvo levi- taban sobre mí, me creí en un sueño. El espejo me dijo cuántos años tengo y cuántos de abandono. Quebré en silencioso y rasposo llanto. Te extraño. Mírame, por favor, que desespero. No has corrido de vuelta las cortinas y ahora la luna alumbra la pesadilla de mi reflejo. Estoy vencida. He terminado de romper mi pierna (a propósito), hay dolor en mi espalda porque se me enchuecó la vértebra, y el cansancio dominó mi cuerpo. Ya no te extraño más, me avergüenza que me veas, anhelo morirme. Volviste a descansar sobre mí tus libros y te has percatado de mi pier- na rota. Ha funcionado mi llamado de atención. Me examinas con especial cuidado y tocas con suavidad, tu caricia me conmueve; estoy lista. Me cargas, soy liviana, mi madera se siente enferma. Tus pasos avanzan como si anduvieras sobre una nube. Subes los escalones, hue- le terriblemente a polvo, sabe a humedad. Este es mi entierro. Cuando te vas, apagas la luz, indiferente, ya no me duele, estoy tran- quila. Los murmullos de los demás muebles solos, apolillados, desven- cijados, rotos; me circundan. Estoy entre fantasmas, me llaman hacia su quietud. Pronto me dejo arrullar por las voces, me consumo en la oscuridad. Te extraño por última vez. Me pudro. Por: Marlene Socorro Herrera Huerta Estudiante del Taller de Creación Literaria Encuentro divino Mi corazón late. ¿Qué me pasa? ¿Qué he hecho? ¿No sé qué hacer? No puedo culparme todo el tiempo. La mirada de Dios que nos ofrece, que me dice que sí puedo. Por- que él cumplirá su palabra. Medita en nuestro beneficio. No se rinde para nada. Por favor mírame, te dice, no desfallezcas. Esas manos que él nos regala, las palmas que junto con las suyas somos uno solo. La frescura de la brisa del mar, la sensación de su completa luz. El amanecer, que mi cuerpo me otorga una sensación de libertad. Los ojos cerrados que la luz celestial me cubre. El paisaje de la mañana de un nuevo día, de un nuevo amanecer. El espejo que quisiera que me hablara, porque quiero sentirme completa, llena de vida y amor hacia la existencia . Tu presencia me resplandece en mi interior, rodea en mi mente, ésas lágrimas que recorren mi rostro. Por las bendiciones que me has colmado, te estoy agradecida. Arte y cultura Arte y cultura
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